A un año del inicio de la pandemia, a lo largo de esta crisis sanitaria que aún sufrimos, el rol de la tecnología ha sido fundamental. La posibilidad de la digitalización ha salvado la vida a muchísimas personas, aunque plantea nuevos debates y retos de cara al futuro tan próximo que nos espera.

Este mes de marzo se cumple un año desde el inicio de la pandemia, un año que puede haber transformado para siempre nuestra relación con la tecnología. Y es que la estrategia principal para proteger a la población del Covid-19 ha consistido en mantenernos en casa el máximo tiempo posible, siendo necesario digitalizar nuestras vidas para protegernos del virus a la vez que manteníamos o aparentábamos cierta normalidad. La herramienta más recurrida para ello ha sido indudablemente el uso de internet: manteniendo el contacto social mediante servicios de mensajería electrónica y video-llamadas, empleos de toda índole convertidos en teletrabajos de la noche a la mañana, el sistema educativo desde el instituto hasta la universidad a través de la webcam, compras a domicilio mediante banca electrónica, etc. Todos los empleos y actividades salvo los trabajos de cuidados en primera línea se digitalizaron. Si esto fue posible de cara a confinarse, es gracias al uso responsable de internet con buena voluntad política, pues de lo contrario es probable que no se hubiesen tomado medidas sanitarias en favor del desarrollo económico, como -incluso a pesar de internet- fue el caso de Brasil durante los meses más duros.

En definitiva, quienes han podido, en gran medida han digitalizado completamente sus vidas, pero no ha sido algo casual. Llevamos décadas encaminándonos a una dependencia casi total de la tecnología e internet, y la pandemia ha hecho que esto ya no fuese una opción o posibilidad hipotética, sino una realidad impuesta por la necesidad. Así pues, queda lugar para debatir sobre si hemos alcanzado la dependencia total de internet, si ya la alcanzamos sin ser conscientes del todo, y por supuesto sobre hasta qué punto esto es una tragedia o lo mejor que podía pasarnos dadas las circunstancias.

No se puede negar la parte positiva de esto, ya que, si hemos dependido de internet para mantener cierta normalidad desde casa, la buena noticia es que efectivamente disponemos de todas estas herramientas y recursos. Actividades esenciales como la coordinación de administraciones públicas, el abastecimiento de recursos, la educación, el avance de investigaciones médicas, reuniones de alto nivel; todo se ha podido mantener, con sus déficits, de forma online. A nivel micro, muchísimas personas han soportado el estrés y la ansiedad del confinamiento gracias a las opciones de entretenimiento que ofrece internet: plataformas de series como Netflix han batido récords de consumo, conciertos y actividades colectivas desde casa en Youtube, matriculaciones masivas en cursos online a través de plataformas como Coursera… todo esto ya se ofrecía antes, pero la pandemia lo ha revalorizado.

Así reconociendo el papel fundamental que tiene la tecnología e internet en nuestra sociedad, y más que va a tener en adelante, hay que detenerse a observar sus peligros. En una sociedad desigual, sobreexpuesta a la tecnología y al aislamiento social como nunca antes se ha visto tiene dos grandes peligros: la brecha digital, y el derecho a la desconexión digital.

Toda persona que pudiera digitalizar su vida se ha visto obligada a hacerlo, pero si no todo el mundo puede o ha podido, la digitalización podría verse como un privilegio. Por ello se lleva denunciando desde hace varios años, la digitalización es una fuente de desigualdad. Es lo que se conoce como “brecha digital”, que podría definirse rápidamente como las diferencias que se dan entre diferentes grupos sociales o geográficos en cuanto al acceso o uso de las TIC o internet. Si bien está fuertemente vinculada al trabajo, la pandemia y el aislamiento ha dado lugar a nuevas formas o ampliado las desigualdades existentes.

La brecha digital tiene por un lado un alto componente generacional: las generaciones más mayores están menos habituadas al uso de TICs, o directamente nunca se interesaron por ellas; y ahora no tienen más remedio. De esto hay casos simpáticos, como ver a altos cargos públicos en videollamadas con filtros de animales sin saberlo. La cara menos amable de esto es la incapacidad real de muchas personas de adaptarse a las nuevas reglas para seguir trabajando, o una adaptación torpe e improvisada. Ejemplos de esto podrían ser negocios en bancarrota que estaban camino de desaparecer: librerías, tiendas, papelerías… negocios que estaban en crisis, desde la pandemia están cerrando masivamente ante la dificultad de integrarse en el mercado online. Otro ejemplo sería la educación, ya que la brecha digital ha agrandado enormemente la brecha educativa. En España, el 93% del alumnado de entre 10-15 años tiene acceso a Internet, dejando un 7% restante completamente fuera del circuito educativo no presencial como obliga la pandemia.

Luego habría que preguntarse también dentro de ese 93% por las situaciones familiares y la relación de estas con la tecnología, como es el uso responsable que se le da o si tienen redes y equipos de calidad. Por suerte se están fomentando planes de repartos y becas por parte de las administraciones e instituciones para proveer de ordenadores y redes, aunque son trámites lentos aún. En lo que respecta al profesorado la brecha generacional es evidente: hay desde quien es incapaz de hacer un powerpoint, hasta centros de educación especial sin recursos.
Si el gran reto de este colectivo era recibir atención del alumnado, con el telecole el riesgo de unidireccionalidad por parte del personal docente es casi una certeza. Tampoco será fácil inculcar valores de compañerismo sin una socialización o interacción escolar por parte del alumnado, estando en casa. Por los efectos negativos de esta forma de educación a pesar de su imperiosa necesidad actual, se deberían plantear y preparar modelos híbridos o mixtos para situaciones de emergencia como esta.

Vinculado al trabajo existe otro gran peligro derivado de la dependencia tecnológica. Si la brecha digital es la dificultad o incapacidad de digitalizarse, la cara contraria es no poder desconectar. Los formatos de teletrabajo o telecole dentro del contexto del confinamiento, hacen que el tiempo libre y el tiempo laboral o académico se confundan; ya que el lugar de trabajo ahora es la propia casa.

Esta fusión inmediata y constante entre las relaciones sociales y de trabajo trae dos consecuencias: por un lado, es peligroso a nivel psicosocial que el ámbito laboral invada el espacio íntimo y privado de las personas; provocando estrés por adicción al trabajo. Por otro lado, trabajadores y trabajadoras puede ser solicitadas fuera de su tiempo establecido y fuera del lugar de trabajo también en los casos de presencialidad, lo cual comporta una vulneración de las condiciones laborales, ya que el empleado tiene derecho a desconectar de su trabajo.

Es por eso que se habla del ‘derecho a la desconexión digital’; el derecho del trabajador a no recibir mensajes, llamadas ni emails fuera del tiempo y lugar de trabajo, incluyendo períodos festivos o vacacionales. En la práctica esto es difícil de regular y queda mucho camino por delante, siendo Francia el primer país que tiene una ley al respecto desde 2017. Dicha ley tenía muchas lagunas al centrarse en la libertad del trabajador de no responder, más que en la responsabilidad de quien vulnera este derecho. El pasado mes de enero el Parlamento Europeo aprobó la solicitud a la Comisión Europea de tramitar una ley de desconexión digital más justa y completa, pues con estas circunstancias es tan necesaria como urgente.

Para concluir, espero que este artículo invite no al pánico y la preocupación, sino a tomar conciencia de que la tecnología es una herramienta, sobre la que cuanto más avanzamos y dependemos de ella, mayor es nuestra responsabilidad tanto en el conocimiento como el uso controlado de la misma.

Por Alejandro Mira Sánchez, voluntario de Ingeniería Sin Fronteras Andalucía.

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