Trabajo final realizado por Aitor Artaraz Linaza y Adrián Sánchez Madera, estudiantes del XXI Seminario de Cooperación, Desarrollo y TpDH

La pregunta que mucha gente se hace hoy en día es si estamos yendo por el buen camino
económicamente hablando. No hace falta hacer un estudio científico ni mirar muy lejos para darnos
cuenta de que estamos destrozando el planeta con nuestra forma de vida cómoda, rápida y
consumista, y que vamos por el camino equivocado.

La sociedad que conocemos se ha visto volcada en una economía donde no importan las
consecuencias que puedan llegar a tener sus actividades, cuyo pilar fundamental se sostiene en los
recursos finitos de la naturaleza y el consumismo compulsivo sin tener en cuenta el medio ambiente.
A esta economía se la denomina economía convencional y tristemente es nuestro modelo de
economía actual.

La economía convencional está llevando a la decadencia absoluta de nuestro planeta. Según un
estudio de las Naciones Unidas se han detectado varios problemas principales en la evaluación de
los ecosistemas. Uno de ellos es que el 60% de los ecosistemas analizados se están degradando y
están poniendo en riesgo su durabilidad. Otro de los problemas es que el riesgo de variaciones no
lineales en los procesos naturales está aumentando de forma drástica dando un paso irreversible en
nuestro entorno, y en consecuencia las desigualdades sociales están aumentando.

La economía convencional se caracteriza por la necesidad del crecimiento continuo para su
funcionamiento. A su vez, hace uso de energías y materiales como el petróleo, que a parte de ser
finitos, vienen de fuera de la economía del mercado. Todo esto se resume en facilidades y bienestar
para el ser humano, pero como todo lo bueno tiene sus partes negativas (esto también). Tales
necesidades producen desechos, los cuales la economía convencional no tiene en cuenta.

Parece que no hay más opciones para garantizar el nivel de vida que llevamos, pero sí es importante
mencionar que existen otros modelos económicos más amigables con el medio ambiente y que son
una alternativa a la actual. Por un lado esta la economía feminista, la cual tiene como base la
igualdad entre los sexos, dando mucha importancia al sistema de cuidados. Luego está la economía
ambiental, que une el ámbito de la economía y el medio ambiente, dando gran importancia y
prioridad a los recursos naturales. Y por último y la más atractiva de las opciones está la economía
ecológica. La economía ecológica o economía verde se basa en una gestión sostenible, en el estudio
y en la valoración de la sostenibilidad con vistas a un futuro mejor, dándole gran importancia al
proceso producción e intentando que todo se consiga de una forma limpia y respetuosa hacia el
medio ambiente.

La visión que tiene la economía ecológica con el planeta es mucho más amplia y fomenta la
durabilidad del entorno (todo lo contrario a la economía convencional). Cierto es que la economía
ecológica obtiene una deuda, la denominada deuda ecológica. Esta deuda está ocasionada por los
daños generados en la economía convencional. Los daños comprometen la existencia de la
biodiversidad en nuestro planeta y son tanto ambientales como generacionales.

En consecuencia tenemos otra deuda por la producción excesiva de gases de efecto invernadero
(CO2) al consumir tantos combustibles fósiles, al igual que la deforestación de los bosques. Los
intereses por la naturaleza, la justicia y el tiempo son características propias de la economía
ecologista, pero estos aspectos son apartados y excluidos por la economía convencional.

Estos daños no están en la contabilidad de las empresas ni tampoco en la contabilidad del PIB de un
país. Los gobiernos y las élites económicas conocen los problemas anteriormente expuestos. Sin
embargo, durante décadas han despreciado ese tipo de lecturas y han apostado siempre por poner
en el epicentro de la economía indicadores como el PIB, en cuya contabilidad computan en positivo
actividades que destruyen la vida y los ecosistemas, como la industria textil y armamentística, la
industria maderera o la extracción de materiales, y donde no computan actividades que sí sostienen
la vida, como la crianza, la preservación de la naturaleza o procesos ecosistémicos como el ciclo del
agua o la polinización.

Esta forma de manejar el mundo debería de cambiar, porque los culpables de esta deuda son de
alguna manera los países más desarrollados, ya que producen más CO2 por persona que en
cualquier otra parte del planeta. Por consiguiente, los más afectados serán las generaciones futuras
que tengan que sostener el planeta, sacándolo del enorme pozo en el que está ahora mismo.
La solución ante esta polémica reside en poner límites en el crecimiento económico de los países
más ricos. Hasta hace diez años las emisiones de CO2 fueron aumentando un 3% anualmente, a
pesar de que deberían disminuir un 60%. Esto es un dato alarmante, y aún así, continuamos con la
misma dinámica de consumo.

Una de las posibles soluciones sería que desde el Sur se reclamara la deuda ecológica a los del
Norte encareciendo las exportaciones de materias primas imponiendo eco-impuestos a la exportación
del petróleo, de minerales de cobre, de hierro, de gas… no vender barato, vender un poco menos y
a un precio más caro, y ese dinero reciclarlo a necesidades perentorias de gente pobre pero también
a inversiones ambientales como, por ejemplo crear escuelas con paneles fotovoltaicos o viviendas
para gente pobre que fueran climáticamente adaptadas y que gastan poca energía.

Acciones como el Fracking, el consumo de combustibles fósiles o el transporte de productos a miles
de kilómetros causan daños irreversibles en el medio ambiente y su entorno. Teniendo en cuenta lo
dicho, el impulso de la sostenibilidad, las energías renovables o incluso el autoabastecimiento para
disminuir la huella de carbono pueden llevarnos a lo que puede ser la única solución para que la
Tierra sobreviva. Y con ella, nosotros.

Desde que el ser humano, la industrialización y el actual modelo económico se dieron a conocer todo
ha ido a peor a lo que el medio ambiente se refiere. El planeta no aguanta nuestro ritmo de vida
desmesurado, y a menos que cambiemos de forma de pensar y asumamos que estamos echando a
perder todo lo que nuestro planeta nos ofrece, no habrá solución posible. Una forma factible para
corregir esto podría ser adaptarnos poco a poco a la economía ecológica, lo cual podría ser reforzada
con iniciativas globales.

Vivimos en un planeta complejo que se ha ido formando a lo largo de millones de años, donde hay
hermosos paisajes, agua, tierra, aire, materiales preciosos, fauna y sobre todo VIDA. Sin darnos
cuenta estamos acabando con nuestro ecosistema y con la magnífica biodiversidad que nos rodea.
Inconscientemente estamos destruyendo aquello que ha necesitado un largo proceso de evolución y
creación. En definitiva, no somos conscientes de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Por ello,
cuidémoslo entre todos. El futuro está en nuestras manos.

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