Prácticamente no hay noticia que, tras ser subida a Internet, no sea comentada. En los últimos 15 años el acceso masivo a esta red ha llevado a que seamos la generación con más información disponible. Pero, que haya mucha no significa que sea toda de la misma calidad. Gracias al rastreo de nuestros gustos personales, una serie de algoritmos estadísticos comienzan a vomitar en cada hueco de nuestras pantallas anuncios y noticias conforme a “nuestros deseos”, alimentando más el sesgo: vemos del mundo sólo lo que nos gusta o es afín a nuestras ideas.

Por definición, el pensamiento crítico es la capacidad humana para analizar y evaluar la información de un determinado tema y a través de la investigación, la imparcialidad y la lógica intentar esclarecer la veracidad, ignorando sesgos externos.

Lamentablemente, somos víctimas del tiempo: con las prisas, leemos titulares y sus respectivas entradas a velocidad de un relámpago. Sin embargo, no nos importa: queremos que nuestro derecho a tener una voz no se “desperdicie” y ahí mismo, nos lanzamos a opinar.

Pero la situación ya no pasa por si el vestido que se compró una señora a 15000 km de mi casa es de color azul o plateado. De repente, podemos ver debajo de esa foto un hilo larguísimo de comentarios que empezó con un color y terminó culpando de la situación socioeconómica actual a las minorías étnicas, a las personas migradas o refugiadas y una lista tan larga que puede llegar al infinito.

¿Qué nos pasa? ¿Por qué este discurso discriminador propio de la supremacía blanca? ¿Es que no nos hablaron en el instituto del reparto de África? Pues, si es así, os sugerimos reflexionar sobre cómo en 1884 unos señores europeos en Berlín se creyeron tan superiores y dignos como para decidir sobre el destino, la vida y el aprovechamiento de los recursos de todo un continente, dado que no había sido suficiente llenarse los bolsillos haciendo el mismo modus operandi siglos atrás, en América.  Evidentemente no, porque aún hoy mueven los hilos de los gobiernos africanos y americanos.

Y un día, llegó el Covid…

Con la llegada del Covid19 nos hemos cansado de leer titulares que no sólo hablan de “oleadas de pateras”, sino que hablan de “oleada de pateras llenas de migrantes con Covid”. Léase y óigase por doquier, en redes sociales, prensa e informativos: hoteles para migrantes, mientras los españoles con la crisis nos estamos quedando en la calle”; “no tenemos recursos sanitarios para los españoles pero sí para los que llegan en una patera”; “no tenemos apoyo económico ni acceso al crédito, pero los refugiados tienen un techo para quedarse”; “los MENA son unos delincuentes” y un etcétera que duele escribir pero que duele más que sean comentarios corrientes en la opinión pública.

Senegal es un país con gran riqueza pesquera. Foto de pixpoetry para Unsplash.

Cómo nuestros egoísmo, ignorancia y desconocimiento de “otras” historias de vida nos impiden, por ejemplo, comprender que: 

  • Gran parte del pueblo senegalés vive de la pesca artesanal. No obstante, debido a las estrategias de ocupación neocolonial por parte de las multinacionales pesqueras, millones de trabajadores del sector cuya subsistencia dependía de este recurso se han visto forzados a emigrar y a aceptar sobrevivir como manteros. Contando algunos con tener la suerte de sobrevivir a la mafia que “gestiona” los viajes en las pateras y que los abandona en altamar, donde se enfrentan a la muerte y a la incertidumbre por igual. 
  • Una persona que ha migrado tiene que acreditar, durante 3 años mínimo y sin salir del país, que tiene una residencia en España antes de poder solicitar los papeles que lo reconozcan legalmente. Y en estos años, sin permiso de trabajo, debe demostrar que ha trabajado o que ha estado en búsqueda activa. Personas pues, abocadas a la economía sumergida, la precariedad, y la invisibilidad social y legal.
  • Las mujeres que migran o han migrado (son cerca del 11% de las adultas y un 7% de menores) no son sólo “madresposas”, también hay profesionales con titulaciones superiores y, por lo tanto, acreditadas para ocupar puestos de trabajo que no sean solamente los que “se prevén” para ellas: el cultivo de los frutos rojos -agricultura latifundista gestionada por macroempresas locales a la búsqueda del máximo rédito posible al mínimo coste-; camareras de hoteles o empleadas del hogar y del cuidado de personas dependientes -con contratos abusivos y/o en negro, en régimen de interna, a cambio de sueldos que rozan la explotación laboral-.

¿Acaso creemos que por ser personas que migran y que han sido empobrecidas sistémicamente, son merecedoras de esta realidad?

Sin entrar en las creencias de quien lee, me gustaría dejar las palabras de Buda: “Sean cuales sean las palabras que usamos, deberían ser usadas con cuidado porque la gente que las escucha será influenciada por ellas para bien o para mal.”

Por lo tanto, si nos detuviéramos diez minutos a investigar en la web -nada más fácil- o nos animáramos a conocer algo sobre nuestra vecina que ha migrado, entenderíamos que la sociedad en la que vivimos no sólo es compleja, sino injusta. Y que nuestras palabras filosas lo único que generan es que el odio gane terreno y denigre la vida de quienes, como nosotras, se levantan todos los días para hacer que sus vidas sean más dignas.

Bibliografía:

Bitante, G. Expatriados, migrantes, inmigrantes… por qué debemos elegir cuidadosamente nuestras palabras. Euro Babble. Agosto de 2019. Consulta en línea.

Fernández, L. Temporeras de las fresas, ¿un drama en los invernaderos? Mujer hoy. Marzo 2019. Consulta en línea.

Fernández, M. Cuentas y no cuentos: lo que el inmigrante aporta a la economía. Diario El País. Noviembre de 2019. Consulta en línea.

Gómez Gil, C. Lo que hay detrás de las migraciones de senegaleses: acuerdos económicos, agricultura, pesca e inmigrantes. Diario El País. Noviembre de 2020. Consulta en línea.

Méndez Loffredo, K. Las Kellys, rebeladas contra la precariedad laboral enhttps://mundo.sputniknews.com/espana/202003031090637432-las-kellys-rebeladas-contra-la-precariedad-laboral-en-espana-/ España. Sputnik news. Marzo 2020. Consulta en línea.

El reparto de África: por qué sus fronteras son injustas. Un mundo inmenso. 2020. Consulta en línea.

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