En una semana, 480 personas han muerto en el mediterráneo. El mar que una vez nos sirvió para celebrar nuestra identidad cultural enriquecida gracias a la conexión y aprendizaje mutuo entre culturas, solo posible gracias a los movimientos migratorios. Hoy, se ha convertido en emblema de las políticas occidentalistas y proteccionistas, hijas de la cultura del miedo, que asesinan y niegan la vida.

El pasado viernes nos despertamos con un grito desesperado y desesperante. Una mujer buscando a su hijo de 6 meses en el mar. Una imagen que, de manera impúdica y denigrante, no paró de verse en las redes y en los medios de comunicación. Nos hemos acostumbrado a consumir la muerte para conectar con la vida. Perverso, ¿verdad?

Una huella digital, no sabemos hasta qué punto real en nuestras cotidianidades ni cuanto durará en nuestras pantallas y memorias pero que, de algún modo, instrumentalizamos para tranquilizar y dar una salida a nuestro sentimiento de impotencia a modo de reclamo moralista que no necesariamente político.

¿Tendremos la capacidad de exigir y trabajar para emprender acciones y políticas transformadoras que, de una vez por todas, dejen de criminalizar de manera selectiva las vidas humanas? ¿Es el grito de esta madre otro icono de la tragedia que solo usaremos para remover conciencias? ¿Esta mujer, de la que ni siquiera sabemos su nombre, nos merece? Aylan permanece en nuestra memoria, pero no lo suficiente para haber transformado cómo escribimos la historia. Ya es bien hora.

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