Redacción: Beatriz Camero

Desde el grupo de voluntariado de ISF Andalucía, movidas por la necesidad de sensibilizar sobre la importancia de una ciudadanía activa y crítica, compartimos nuestras reflexiones acerca de los desafíos individuales y colectivos que se nos presentan tras el estallido de la pandemia.

El RD 465/2929 del 17 de marzo, en el que el gobierno del Estado español declara el Estado de Alarma por la pandemia de la Covid-19, cambió radicalmente nuestras vidas y nuestras rutinas diarias. Como tenemos el convencimiento de que lo personal es político, en ISF Andalucía nos dotamos de un espacio virtual para reflexionar: ¿Solo se trata de una crisis sanitaria o también es una crisis política, económica, social y ambiental? ¿Qué cambios nos empuja a adoptar? ¿Qué retos futuros se nos presentan? ¿Qué se ha evidenciado durante el confinamiento desde la óptica feminista?

Desde el comienzo nos preocupó el despliegue mediático de terminología bélica, quizás también belicista, a la hora de referirse desde los organismos de poder a la “lucha” o la “batalla” frente a una realidad sobrevenida que, sin embargo, no ha hecho sino evidenciar nuestra vulnerabilidad y necesidad de cuidados colectivos para sostenernos, resistir y cuestionarnos las consecuencias de la imperante anormalidad. La importancia de impulsar la conciencia crítica en la ciudadanía se hace más evidente que nunca ante la intensificación de los mecanismos de control y vigilancia sobre los cuerpos, mecanismos que corren el riesgo de naturalizarse bajo la justificación de la salvaguardia de nuestra seguridad. Asimismo, el análisis crítico se revela imprescindible ante las medidas políticas que buscan paliar los efectos de esta crisis poliédrica pero que continúan enmarcadas en un sistema racista, heteropatriarcal y excluyente que decide qué vidas importan más y qué vidas quedan desatendidas.

La limitación del espacio y el control mediático son elementos que pueden permitir muy fácilmente vulnerar derechos humanos y ambientales sin que haya una gran respuesta por parte de la población, que vive enfrascada en un mundo que hoy solo sabe hablar de la Covid-19. El aislamiento y la llamada a la responsabilidad individual de no ocupar el espacio público masivamente por el bien común puede llevar a la desmovilización política de la ciudadanía y a una falta de cauces colectivos para vehicular el descontento social. El miedo inculcado nubla y paraliza, pero no puede cegarnos ante el hecho de que vivimos un estado de alarma en una burbuja europea, privilegiada, por lo que debemos ser conscientes de los recursos que disponemos, de cómo los usamos y de cómo nuestras acciones tienen una repercusión global decisiva. 

Sin embargo, frente al riesgo de desmovilización política hemos podido ver otros modos de organización colectiva y el surgimiento de nuevas redes de parentesco y cuidados. Una muestra de ello es la multitud de redes vecinales y de cajas de resistencia (en Sevilla, por ejemplo, la de la Casa del Pumarejo) surgidas o reforzadas en estos meses, estrategias colectivas que desde la responsabilidad, la solidaridad y el apoyo mutuo demuestran que la ciudadanía se sigue activando políticamente, creando comunidad. Además, se ha hecho evidente el valor de todas las tareas y profesiones relativas a los cuidados, al sostenimiento esencial de la vida, tareas históricamente feminizadas, racializadas, precarizadas e invisibilizadas, por las que colectivos como las trabajadoras del hogar piden que ese reconocimiento social se refleje también en derechos que aseguren condiciones dignas para su trabajo. Sabemos que esta crisis afectará con mayor incidencia a las mujeres, que son mayoría en sectores históricamente precarizados como la limpieza o la atención a la dependencia y poseen mayor cantidad de contratos a media jornada, aspectos que alimentan la feminización de la pobreza y que revelan la importancia de visibilizar las desigualdades estructurales del sistema patriarcal, aún más en tiempos de crisis.

Creemos en lo indispensable de hacernos responsables del lugar que ocupamos en el mundo, utilizando nuestros recursos, privilegios y potencial individual y colectivo para ponerlos al servicio de la participación comunitaria. Es urgente la consolidación de una ciudadanía crítica que desde los diferentes espacios que ocupamos y por diversas vías, en función de las fuerzas que esta compleja situación nos deja, pueda posicionarse ante un escenario económico precario en el que las políticas públicas de cooperación han sido una de las primeras en sufrir recortes, y en el que la reactivación económica parece ser prioritaria frente al cuidado de la vida y la protección ambiental y climática. Necesitamos líderes y lideresas con capacidad de decisión rápida y ejecutiva, que sepan transmitir mensajes efectivos, claros, transparentes y a la vez empáticos y creativos, que apuesten claramente por el bien común y el decrecimiento económico y feminista. Es vital, por tanto, reforzar la sensibilidad social desde la que exigir otro modelo económico y social, menos globalizado y más local que garantice salud en la Tierra; sensibilidad social desde la que seguir construyendo tejido colectivo en los Sures, en la apuesta constante por un activismo social horizontal, colaborativo, dialogante y combativo.

Foto de portada: 5D_Classic 07062020-_MG_4626-2 via photopin (licencia)

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