Hace pocos días escribimos sobre el repunte de los discursos de odio que se están generando en estos momentos de excepcionalidad, tanto desde las esferas institucionales como cotidianas. Repunte dirigido a reforzar los posicionamientos geoestratégicos de las diferentes ‘potencias mundiales’, poniendo en crisis la más que necesaria convivencia intercultural a nivel global, sino que también criminaliza colectivos de personas y comunidades que han migrado y con quienes ya convivimos.

A
pesar de este repunte, celebramos que la realidad siempre desautoriza
la ficción. La realidad, la que está en las calles y sobre la que a
menudo se mal-informa, supera los discursos del odio que no tienen
más fundamentación que un sentimiento de superioridad y supremacía
cultural. Relatos que son ficción, puesto que no son consecuentes
con la vida comunitaria. Y como muestra, un botón.

A través de las redes el Sindicato de Manteros de Barcelona dio muestra sobrada de qué significa convivencia y qué implica el valor de aquello comunitario. En un audiovisual grabado en un taller de confección, muestran como ponen al servicio de la comunidad su saber -su profesión de costura- para confeccionar máscaras para quien las necesite. La lección que se desprende de su testimonio no solo se ciñe al acto altruista. La verdadera lección es el concepto de ciudadanía que destila. El sentido del deber que, como ciudadanía, los vincula a las personas con quienes conviven simplemente por el hecho de tener saberes y posibilidades mecánicas. La auténtica lección es como articulan y defienden el concepto de ciudadanía: no hacia un deber ni «institucional», ni de «dependencia», ni «de agradecimiento» -tal como desde ciertos sectores se exigiría-, sino el que simplemente se vive como personas que formemos parte de una comunidad.

Desde
el proyecto Forum
Comunicación, Educación y Ciudadania-IB
hemos tenido mucha suerte y hemos podido conocer personas que han
compartido como fue su experiencia de migración. Decimos que hemos
tenido mucha suerte puesto que por
sus historias de vida

podemos aprender de qué forma repensar la vida humana desde
parámetros que, desgraciadamente, parece que las culturas
hegemónicas y occidentalizadas hemos desplazado
a favor de
un sentido del progreso evaluado en términos de réditos y
acumulaciones de privilegios. En sus historias no solo conocemos la
dureza del sus trayectos. Conocemos todo lo
que viene después, si hay suerte, según nos han dicho algunas. Las
dificultades con las que se encuentran al llegar a un lugar donde se
tiene que empezar de nuevo. Encontrarse con que, añadido al tiempo
que hace falta para aprender a sentirse cómodo con los códigos de
comunicación, se tiene que convivir con los prejuicios sociales y la
cultura del miedo que permea en las relaciones sociales. Bajar las
expectativas de futuro a golpe de realidad. Aceptar la soledad y la
ausencia de red. Enfrentarse a un sistema burocrático duro,
complicado, laberíntico, pensado desde una realidad muy alejada de
las suyas. Apreciar cualquier experiencia laboral como el único
anzuelo que permitirá la subsistencia, y tener que situar en el
mundo de los privilegios la realización profesional por más
formación que se tenga. Verse
abocados y abocadas a los
márgenes de una sociedad que marginaliza según un sistema
meritocrático no pensado desde la experiencia sino desde la
competitividad y la excelencia. A pesar de todo esto, la lección más
importante que aprendimos es que todas estas personas, en su
cotidianidad, destinan tiempo y recursos a
la comunidad. Trabajan por el bien común. No solo por haber nacido
en lugares empobrecidos. No solo para ser personas que han sufrido
violencias. No solo por que hayan experimentado en primera persona
los sistemas de rechazo y discriminación, y estén legitimados para
poder decir
que vivimos en un mundo injusto. Sino por qué la vinculación con la
comunidad forma parte de su formación de vida y, por lo tanto,
objetivos de vida. Retornar
todo lo
aprendido y vivido a
la
comunidad. El convencimiento de saber que es la comunidad quien
sostiene y quien transforma.

En
estos tiempos que vivimos, esta lección es más valiosa que nunca.
Somos las personas que somos viviendo en el mismo planeta, en el
mismo continente, en el mismo país, en la misma región, en la misma
ciudad, en el mismo barrio, en el mismo lugar.
No podemos privilegiar el acceso a los derechos humanos según origen
o capital económico. Simplemente por qué no es justo y no es
coherente.

Mientras
escribimos todo esto, también nos tenemos que hacer eco de que la
ficción, los discursos del odio y los prejuicios culturales
históricamente adscritos a nuestra manera de hacer, resolver y
regular, no se
detienen.
Así lo conocemos a través de la
denuncia
de que la Red
de Cuidados
Antiracista de Barcelona

ha tramitado por
ser multada cuando estaban distribuyendo alimentos a a familias
migradas, y a pesar de presentar
la documentación justificativa y mostrar las bolsas de alimentos.
Por
otro lado, ante el cierre de fronteras, las
políticas migratorias de nuestro país se encuentran colapsadas

por
vacíos y rendijas burocráticas que dejan en un estado de
vulnerabilidad y criminalización
a
las personas en tránsito o
que no han podido regular sus papeles.

Si
no repensamos nuestros esquemas, si no aprendemos un sistema de
relaciones de confianza, sino cuestionamos la idea de poder
unidireccional y vertical a través de la que resolvemos la vida en
común, no habrá espacio por la transformación. Necesitamos una
cooperación transformadora que permita a todo el mundo, sin excusas,
participar de aquello comunitario. Necesitamos aprender de la
experiencia de aquellas personas que viven la comunidad y que
acumulan saberes de vida, labrados en resistencia a lo hegemónico.

A raíz de todo esto, ¿qué os parece la decisión del Gobierno de Portugal?

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