#Covid19 ha puesto en alerta en todo el mundo global. Alentados por la cultura del miedo, el proteccionismo y la emergencia, la hegemonía occidental ha tomado medidas extraordinarias y decretado estados de emergencia sin precedentes para evitar que el virus no se propague y ocasione los menores efectos posibles.

Muchas son las medidas que se han activado y desplegado, sabiendo que en muchos casos son insuficientes; y muchas son las predicciones catastróficas tanto a nivel social como económico que se adivinan, incluso en el supuesto de que esta crisis sanitaria se resuelva de la manera más eficiente posible. En este marco de crisis que se resuelve mediante discursos militarizados, como si estuviéramos haciendo frente en un combate y no a una cura, también se han acentuado las políticas fronterizas. En concreto, y en el marco europeo, ha conllevado el endurecimiento de las políticas migratorias y la re-activación de un blindaje fronterizo que afecta sobremanera a los mal llamados campos de refugiados.

En los campos de refugiados, a las condiciones de confinamiento, no abastecimiento sanitario, insalubridad y desnutrición; al sentimiento de aislamiento y desprotección, al estrés pos-traumático y huella psicológica que afecta incluso a los niños y a las niñas que allí conviven, hay que sumar el brote reaccionario y el auge de las políticas y conductas de ultraderecha que despiertan un sentimiento de odio hacia quién son considerados amenaza, culpabilizando, criminalizando y vulnerando los derechos de aquellas personas que huyen de una situación de empobrecimiento y violencias sistémicas. Y no solo a los que viven, sino también a quienes trabajan con y para estas personas.

Así lo explica Diego Menjíbar, responsable del proyecto From Inside, que mantiene un contacto permanente con responsables del campo de Moira (Lesbos), uno de los más duros y más numerosos de Grecia donde desplegó un programa educativo para jóvenes.

Diego
Menjíbar

A su voz, podemos sumar las alertas de diferentes organizaciones como Oxfam Intermón y el Consejo Griego para los Refugiados (GCR). Desde estas voces, son insistentes los reclamos que advierten que el estado en que se encuentran estos campos no solo suponen una violación de los Derechos Humanos, sino que «también abre(n) la posibilidad de una devastadora crisis de salud si el Covid-19 llega a estos campamentos, por lo que reclaman que se proceda a su evacuación de inmediato».

Desde aquí, nos preguntamos: ¿quién escuchará estas voces? ¿Qué medidas preventivas se están tomando? ¿Quién atiende o atenderá los efectos del Covid19 sobre estas personas? ¿Jugamos, todavía, a que ‘los primeros son los de casa’, o nos tomaremos seriamente nuestra responsabilidad al deber que se nos exige ante cualquier persona que se acoge al Derecho de Asilo amparado Declaración Universal de los Derechos Humanos y desarrollado en la Convención de Ginebra de 1951 y su Protocolo de Nueva York de 1967?

Parece que, de momento, estas preguntas no tienen una clara solución. Más todavía, nos tememos que todavía no se han formulado. Sí sabemos, tal como nos comenta Diego Menjíbar, que diferentes organismos y colectivos de residentes de Lesbos realizan algunas acciones que contribuyen a paliar las terribles consecuencias de lo que se avecina. Como la creación del Moira Corona Action Team que tiene la voluntad de difundir los necesarios protocolos sanitarios a seguir. Acto, seguramente, insuficiente. Pero valiente puesto que asume la responsabilidad humana a la que nos debemos, especialmente en estos días.

Y aquí es donde todas nos sumamos. Al menos, para abrir canales informativos que, poco a poco, y entre rendija y rendija, nos hagan abrir los ojos.

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